HISTORIA DE UNOS PIES

Esta es la historia de unos pies. Unos muy pequeños, oscuros y gastados que siempre van descalzos. No hay zapato en este mundo que aguante su ritmo de vida y para ellos no existe el frío ni el dolor. Pies que se pasan el día corriendo por las calles a medio hacer, escalando muros tras los que se perdió la pelota en el partido de fútbol, trepando árboles y saltando en charcos llenos de barro. Dos pies que ya se han acostumbrado a la firmeza del suelo y parecen haber creado su propia suela. Que recorren la ciudad desde que amanece hasta que cae el sol y que nunca se cansan.

 

Unas veces son compañeros de juegos y travesuras de niños -al fin y al cabo solo llevan ocho años en tierra firme-. Otras, se hacen los mayores y caminan con un paso más sereno. Uno tras otro, despacio, procurando mantener en equilibrio la caja que los brazos sostienen sobre la cabeza. En esta ocasión se vuelven responsables, aunque no por ello cedan a ponerse los zapatos. Vender todos los limoncillos que contiene la caja es una prioridad para conseguir ganar unas monedas. Toca dejar de lado el escondite por un tiempo.

 

Hoy es uno de esos días. Cae la tarde y toca trabajar. Un trabajo que pocos pies de su edad realizan pero que a ellos no les sorprende. Motiva saber que parte de los beneficios acabarán en el bolsillo del pantalón. Pero lo mejor es hacerlo cuando otros amigos caminan a su lado. Así la tarde se vuelve más divertida. Van de casa en casa con la esperanza de que alguien quiera comprar un manojo de esos frutos verdosos. Al mismo tiempo, el dueño de los pies entona el clásico “¡limoncillo, limoncilloooo!” con un ritmo insustituible que hace salir a algunos de sus casas con cinco pesos en la mano para comprar un ramillete. A veces, entre todo el equipo, formado por cuatro o cinco muchachos de entre seis y once años, logran juntar 150 pesos. Todo un triunfo a una edad a la que el trabajo debería ser un completo desconocido.

 

Los tobillos de estos pies, adornados con decenas de gomas de colores, comunican con dos piernecitas magulladas. A lo largo de su estrecho diámetro, múltiples heridas de “guerra”. Un corte de aquella botella que se puso en su camino cuando echaban una carrera, dos o tres arañazos de esos de peleas entre hermanos y restos de rozaduras mal curadas. Pero, aunque de aspecto frágil, son mucho más fuertes de lo que parecen. Y lo mejor de todo, son capaces de soportar el cuerpo de un niño con una sonrisa enorme y muchas ganas de vivir y disfrutar de la vida.

 

Quién sabe si estos serán los pies de un futuro médico, carpintero o futbolista. Lo que importa es que puedan seguir caminando hacia la escuela cada mañana, jugando en el parque al salir de clase y descansando sin preocupaciones al caer la noche. Por ahora, comparten casa con otros cuatro pares de pies con su misma sangre y tienen un futuro menos incierto gracias a quiénes han querido darles una oportunidad.

 

Fuente:  www.voicesofyouth.org/es/posts/historia-de-unos-pies

 

 

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